de Luiz F. Veríssimo.
Ella era irresistible al levantarse. Tenía hasta un olor distinto, que desaparecía durante el resto del día. Un olor tibio. Olor a leche tibia, eso era. Con un inexplicable toque de vainilla. Pero ella se despertaba de mal humor. Caliente, olorosa, apetitosa y mosqueada. Ni siquiera dejaba que él la besase en la boca. "¡Ni siquiera me he cepillado los dientes!" Y si intentase besar su ombligo (nuez moscada, posiblemente canela) ella le daba una patada.
No eran solo los olores. Ella se despertaba físicamente diferente. La cara maravillosamente hinchada, la boca tumefacta, como la de ciertas niñas de Renoir. Durante el resto del día se iba alargando, se iba modiglianizando, pero por las mañanas era una campesina compacta, con fantásticas ojeras moradas. Él no sabía explicarlo. Ella era una mujer delgada, de largas piernas, pero por las mañanas tenía las piernas gruesas. De hecho, si no se engañaba mucho, de día perdía hasta el culo. El culo. Las nalgas perfumadas. "Hmmm... Hierbas aromáticas. Un no se qué de sándalo..."
- Pa-ra ya.
De noche, ella insistía y el mosqueado era él. Se duchaba, se ponía un camisón transpartente y se acostaba a su lado, impecable, con un peinado perfecto. Él no podía decir que lo que realmente le gustaba era cuándo ella se despertaba con el camisón desarreglado, con un tirante enroscado en la pierna, las dulces piernazas matinales. Él leía, ella esperaba. Oliendo a jabón y esperando. Intentaba jugar, dándole pataditas. Cantaba en su oído: "No le gusto más, qué pena, que peeeena..." Él seguía leyendo hasta que ella se rindiese y se durmiese. Él no quería nada con esa persona que se arreglaba las pestañas antes de irse a la cama. Él quería su campesina de las mañanas. Soñaba con su campesina irritada.
La tesis de ella era que, antes de cepillarse los dientes y desayunar, una persona no es una persona, es una cosa. Podría evolucionar en una persona si se esforzase, pero es un proceso lento y complicado que requiere concentración, y que excluye cualquier forma de distracción, aun más sexual. Comparaba el sueño a un accidente al que conseguimos sobrevivir, pero del que llevamos medio día para recuperarnos. Y su deseo de poseerla antes de cepillarse los dientes era una perversión indefendible, casi una forma de necrofilia. "¡Suelta, suelta!" Y se levantaba, intentando encontrarse las puntas del camisón, estirando un tirante de entre las piernas con furia. Cuándo llegaba a la puerta del baño, ya era una mujer alargada. Y él se quedaba allí, oliendo la almohada aún caliente. Hmmmm. Vainilla, decididamente vainilla.
Una noche, ella le dijo:
- Creo que tienes otra. Creo que estás pensando en ella ahora mismo. Finges que lees pensando en ella. ¡Dime que no!
No dijo que no. Estaba pensando en ella, por las mañanas. Su otra, su inalcanzable otra, la de las piernazas, la de la vainilla. Pero no necesitaba preocuparse, pensó. Nunca la engañaría. La otra no quería nada con él.
- Apaga la luz, venga.
Suspiró, cerró el libro, apagó la luz. Mientras hacían el amor, él intentaba imaginar que ella era la otra. Pero el olor a jabón le molestaba.
Ella era irresistible al levantarse. Tenía hasta un olor distinto, que desaparecía durante el resto del día. Un olor tibio. Olor a leche tibia, eso era. Con un inexplicable toque de vainilla. Pero ella se despertaba de mal humor. Caliente, olorosa, apetitosa y mosqueada. Ni siquiera dejaba que él la besase en la boca. "¡Ni siquiera me he cepillado los dientes!" Y si intentase besar su ombligo (nuez moscada, posiblemente canela) ella le daba una patada.
No eran solo los olores. Ella se despertaba físicamente diferente. La cara maravillosamente hinchada, la boca tumefacta, como la de ciertas niñas de Renoir. Durante el resto del día se iba alargando, se iba modiglianizando, pero por las mañanas era una campesina compacta, con fantásticas ojeras moradas. Él no sabía explicarlo. Ella era una mujer delgada, de largas piernas, pero por las mañanas tenía las piernas gruesas. De hecho, si no se engañaba mucho, de día perdía hasta el culo. El culo. Las nalgas perfumadas. "Hmmm... Hierbas aromáticas. Un no se qué de sándalo..."
- Pa-ra ya.
De noche, ella insistía y el mosqueado era él. Se duchaba, se ponía un camisón transpartente y se acostaba a su lado, impecable, con un peinado perfecto. Él no podía decir que lo que realmente le gustaba era cuándo ella se despertaba con el camisón desarreglado, con un tirante enroscado en la pierna, las dulces piernazas matinales. Él leía, ella esperaba. Oliendo a jabón y esperando. Intentaba jugar, dándole pataditas. Cantaba en su oído: "No le gusto más, qué pena, que peeeena..." Él seguía leyendo hasta que ella se rindiese y se durmiese. Él no quería nada con esa persona que se arreglaba las pestañas antes de irse a la cama. Él quería su campesina de las mañanas. Soñaba con su campesina irritada.
La tesis de ella era que, antes de cepillarse los dientes y desayunar, una persona no es una persona, es una cosa. Podría evolucionar en una persona si se esforzase, pero es un proceso lento y complicado que requiere concentración, y que excluye cualquier forma de distracción, aun más sexual. Comparaba el sueño a un accidente al que conseguimos sobrevivir, pero del que llevamos medio día para recuperarnos. Y su deseo de poseerla antes de cepillarse los dientes era una perversión indefendible, casi una forma de necrofilia. "¡Suelta, suelta!" Y se levantaba, intentando encontrarse las puntas del camisón, estirando un tirante de entre las piernas con furia. Cuándo llegaba a la puerta del baño, ya era una mujer alargada. Y él se quedaba allí, oliendo la almohada aún caliente. Hmmmm. Vainilla, decididamente vainilla.
Una noche, ella le dijo:
- Creo que tienes otra. Creo que estás pensando en ella ahora mismo. Finges que lees pensando en ella. ¡Dime que no!
No dijo que no. Estaba pensando en ella, por las mañanas. Su otra, su inalcanzable otra, la de las piernazas, la de la vainilla. Pero no necesitaba preocuparse, pensó. Nunca la engañaría. La otra no quería nada con él.
- Apaga la luz, venga.
Suspiró, cerró el libro, apagó la luz. Mientras hacían el amor, él intentaba imaginar que ella era la otra. Pero el olor a jabón le molestaba.